el imperio de las orugas
- Por el amor de Dios, señor, una moneda -dijo en tono lastimero el vagabundo. Julian, de tacha infiel, le miro desde aquello que parecia la cabeza a las ramas que tenia por pies. Una o dos gargaras realizo hasta que el renacuajo salio, amarillento, de su profunda y sombria garganta para clavarse, presuroso, en la calcinada orbita del infeliz. Lo miro por un instante más, y de no ser por su claro y asimilado concepto de responsabilidad, quizas le hubiere pateado el rostro o pisado un pie. Pero no podia ser. Julian Echenique, quien más, no era de aquellos que gastan por el puro placer su tiempo. Ni siquiera el vagabundo le ameritaba más de dos minutos. Apreto con vigor el maletin que llevaba en su diestra y no demoro en cruzar la calle. Bueno, el camion de mudanzas que venia bajando tampoco se tomo su tiempo. A ochenta kilometros por hora, ¿Quien lo hace?
Desde la otra esquina, el vagabundo. Sonriente. Parandose presto y recogiendo el maletin. Ahora huyendo, victorioso, y luego, a tres cuadras, asaltado por siete pequeños niños embetunados en pasta base.